Magnolias, una guitarra y un helado
Domingo. El sol apareció después de tanto tiempo escondido. Un día hermoso de abril, perfecto para salir de casa. En ese momento pensé que nada podría ser más agradable que salir a buscar magnolias en Bucarest.
Las magnolias en Bucarest son casi como una temporada secreta que no aparece en el calendario. Sin que nadie lo anuncie, la gente sale a caminar con el mismo propósito silencioso: mirar hacia los árboles, buscar las flores, detenerse un momento más de lo habitual.

No es solo por las magnolias. Es por lo que traen con ellas: una pausa, una excusa, una forma distinta de recorrer la ciudad.
Las magnolias están entre las primeras flores espectaculares de primavera. Florecen muy de repente, a veces cuando todavía hace frío, son muy intensas y desaparecen rápido. Por eso surge esa sensación de urgencia, y el tiempo de verlas es limitado.

No se encuentran en los parques más grandes, sino en toda la ciudad, en lugares íntimos, en las calles tranquilas, en patios antiguos, a veces escondidas detrás de las rejas. Eso las hace tan especiales, porque tienes que salir a buscarlas.

Las magnolias en Bucarest: sin mapa, con calma
No hay un mapa oficial, cada uno tiene sus propias rutas. Hay ciertos barrios como Dorobanți, Cotroceni, que pueden convertirse en puntos de referencia.
Cada primavera, sin que nadie lo organice oficialmente, aparece la costumbre de salir a caminar despacio y observar las flores que ofrecen un espectáculo breve, pero intenso.

Escogí un barrio, junto con mi familia, y así empezamos. Cada uno de nosotros miraba los árboles para encontrar la magnolia más colorida o la más elegante. Magnolias blancas, magnolias de flores estrelladas, magnolias de un rosa intenso, pequeñas o frondosas, mostraban orgullosas su belleza.

En el camino vi a otras personas haciendo lo mismo. Sus miradas levantadas hacia los árboles y sus pausas debajo de una magnolia para tomar fotos me confirmaron que estos árboles tienen el poder de crear algo en común entre la gente y que pueden cambiar el ritmo de la ciudad.

Desde la distancia vi una hermosura blanca enorme, muy imponente, y sin pensar, me dejé llevar por la imagen y el sonido tranquilo de una guitarra. Me acerqué y me di cuenta de que la guitarra se oía debajo de la magnolia, en un patio muy discreto y íntimo, que tenía la puerta abierta.

Entramos todos y el tiempo se detuvo: un pequeño bar que ofrecía café y jugo fresco de naranja, tres o cuatro mesas para descansar y disfrutar del momento y tres mesas con talleres creativos para niños. También, esa guitarra que no te dejaba ir sin escucharla unos momentos.
Tomamos un café, la niña se sentó en un taller muy contenta creando pequeños accesorios con sus manitos y simplemente respiré.

Respiré silencio, respiré pausa y dejé que la música y la belleza de la naturaleza me llenara de vida y de energía. Miré las flores que tenía sobre la cabeza, tan blancas, tan puras y agradecí ese momento.

Cuando todos estuvimos listos y llenos de calma, salimos de allí y decidimos ir por un helado. Y donde podríamos ir, si no a nuestra gelatería preferida, a la que llevamos más de doce años regresando, no solo por el helado, si no por la costumbre.
